Taller de escritura: Un fin de semana de altura

piesLos fines de semana propician los encuentros amorosos casuales y también los conyugales. Sin embargo, algunas circunstancias se pueden interponer y ponernos las cosas difíciles, tan difíciles que se convierten en imposibles.
El relato de hoy comienza con lo que podría ser un dulce despertar y termina… como termina. Feliz lectura.

Un fin de semana de altura

Un fuerte dolor de estómago le impedía dormir, no quería despertar a su mujer que dormía plácidamente a su lado. Se encogió de piernas adoptando la posición fetal en la que percibió un ligero alivio, pero no pudo evitar golpear con el codo en la espalda de su compañera, despertándola.
-¿Qué hora es, ya ha sonado el despertador? -Se volvió hacia él abrazándole y susurrándole al oído con afectuoso descaro cargado de erotismo-. Hoy no tienes que ir a trabajar, podemos estar otro ratito juntos, ¿verdad mi amor?
Notó como su mujer se despojaba de las bragas y se situaba encima de él. Con sensualidad, deslizaba sus labios por su boca y sus manos se introducían por debajo de su pijama buscando colaboraciones necesarias e imprescindibles para iniciar una mañana pletórica de una apasionada animalidad voluptuosa. Pero no encontró respuesta satisfactoria.
-¿Qué te ocurre?, esto que tengo entre mis manos es lo más parecido a una naturaleza muerta, ¿no crees? -Le dijo ella visiblemente decepcionada aunque contuvo con orgullo su enfado.
-Déjame, por favor, tengo un fuerte dolor de estómago, no he dormido en toda la noche, mientras tú descansabas plácidamente. ¡Qué envidia me dabas!
-¡Otra vez el maldito dolor de estomago del fin de semana¡ Mira, esto hay que solucionarlo; llevas quejándote del estómago ya por lo menos un mes y siempre los sábados. -Se lanzó de la cama con la energía de un animal en celo, se puso las bragas y se ajustó el sujetador y sin reprimir para nada su enfado le gritó- ¿Sabes lo que te digo?, que ahora sin falta voy a llamar al doctor Jorge Blanco, creo que se llama, y le voy a pedir cita para esta tarde. No….no me pongas esa cara y no me digas como siempre que ya se te está pasando, ¡miedica! Ya te estás yendo a la ducha.

Con un gesto de dolor y no con poca resignación, Juan se incorporó en la cama. Se miró en el espejo del armario, la cara amarillenta, las ojeras propias de no haber dormido, barba de dos días, pelo desaliñado y un sabor en la boca desagradable. Sus ojos de cordero listo para el sacrificio miraron a su mujer que se lanzaba a llamar por teléfono para la cita de ese doctor que, según ella le iba a dejar como nuevo.
-Cariño y ese doctor, si es tan bueno como dices… ¿Cómo te has enterado?
-La vecina del quinto me lo ha dicho, es su primo. Trató a su marido también de fuertes dolores en el estómago, enseguida dio con el problema y se lo resolvió. –María cogió el teléfono y marcó el número del doctor, que tenía anotado en una agenda.
Desde la ducha, con el agua en la boca y dando un respingo que casi da con él en el suelo gritó:
-¡Si esa mujer es viuda! Luego tan bueno no será, si a su marido le ha liquidado el dichoso doctor. ¿Por qué no lo pensamos mejor, con calma, y… elegimos otro … mis compañeros de trabajo tienen que conocer a alguien y …
-Calla por favor, ¡exagerado¡ que está dando la señal de llamada. Además la señora es viuda porque su marido murió de un infarto, nada que ver con el problema estomacal. Ve quitándote esa aprensión infantil a los médicos; un sábado más de esta manera y te juro que pido el divorcio o me busco uno que te sustituya los días de descanso: ¡elige!
-Bueno pero si te equivocas y en vez de divorciada pasas a viuda… -Nada mas decir esto, Juan, que conocía muy bien a María, empezó a arrepentirse.
-No me hagas elegir, porque igual paso a viuda antes de qué tú te hayas acercado siquiera al consultorio del doctor. Vete acabando, que he conseguido la cita hoy sábado dentro de una hora, gracias a la influencia de esa vecina del quinto que tanto estarás empezando a odiar. Pues ¿sabes una cosa?: a lo mejor la tienes que dar las gracias si todo va bien, porque habrá conseguido que los fines de semana vuelvan a coger la altura que habían perdido.

Bajaron en el ascensor no sin antes repetir que él ya se sentía bien y que como ya no tenía síntomas los galenos no podrían hacer mucho por averiguar el origen de sus dolores. María, por supuesto, no le hizo el menor caso, se dispuso a mirar en ambas direcciones para lograr que les parase un taxi. Al fin lo logró. Dejó a su marido a un lado del coche y ella entró por el otro. Le dio la dirección al taxista y el coche se puso en movimiento. Solo avanzó unos metros.
-¡Pare…pare!, ¿mi marido… pero… dónde está mi marido? –El taxista alarmado frenó el automóvil y visiblemente asustado gritó.
-Pero señora, sólo estaba usted. Yo no he visto a nadie más.
Ella se bajó airada y vio a su marido que estaba tranquilamente de pie en la acera inmóvil como una farola. Le gritó:
-¿Qué haces ahí? Vamos ¡corre!… O es que hay que abrirle la puerta al señor para que entre.
-Yo…es que… cuando iba a subir, el coche se puso en marcha y… -Juan resignado, entró mansamente en el auto. Su último intento no estuvo mal, pero volvió a ser inútil y pensó “por intentarlo poco se pierde”.

El taxi fue cogiendo velocidad ya, sin ningún impedimento. A los veinte minutos llegaron a la clínica. Bajaron del coche y subieron la escalinata que daba acceso a la recepción. Una señorita bien entrenada para el trato exquisito que deben tener los pacientes de seguro privado; además de joven, amable y risueña, les dio la bienvenida.
-¡Buenos días!, ¿tienen cita? –María le explicó que venían de urgencia y le dio el nombre de su marido. Inmediatamente llamó por teléfono y asintiendo a la voz que sonaba por el auricular les acomodó en una sala donde al parecer estaban los “recomendados”, según maliciosamente pensó Juan.
En la sala había tres personas de mediana edad en una charla bastante animada. Daba la impresión de ser pacientes ya conocidos de la clínica, y entre ellos compartían esa camaradería que provoca el sufrimiento de la misma enfermedad. Juan y María se acomodaron discretamente en un ángulo de la sala de espera y se limitaron a escuchar.
-Pues sí la verdad, después de pasarlo bastante mal en el hospital el pobre al fin descansó. La úlcera se lo llevó, no tendría más de cuarenta años. –Hablaba el que parecía mas joven, visiblemente afectado.
– Ese que dices tú le conocí yo en el hospital. –Le respondió, el que parecía más versado en las urgencias hospitalarias-. Me dijo que estuvo bastante tiempo en la lista de espera y al final ya no podía aguantar los dolores, se fue a urgencias pero la intervención por lo que dices llegó demasiado tarde.
El tercer hombre llevaba bastante tiempo queriendo entrar en la conversación, un ligero tartamudeo le impedía tener la suficiente rapidez de palabra, pero al final tras unos cuantos intentos puso su granito de “optimismo” en la conversación.        -Pué…Pues mi prima no pudo con la prueba para averiguar lo que tenía en los intestinos y..y… Po…pobre mujer, dos meses duró.
Mientras oían la charla de estos tres individuos, ella trataba de comentar con su marido, para distraerle, distintas noticias de los famosos que venían en las revistas de las salas de espera de los consultorios. Juan se estaba poniendo de todos los colores que cualquier pintor desearía y nunca pudo imaginar. Le empezó a doler el estómago y hasta las raíces de sus propios pensamientos. Su mujer le decía que eran conversaciones propias de hospital y que era normal que rivalizaran por poner un punto más en cada intervención. Ahora, el tema afectaba a cuantos conocían por haber muerto de la enfermedad que ellos tenían. María, quiso demostrarle que ella fácilmente podía dar un giro optimista a la conversación, le dijo:
-Observa, verás qué fácil.-Se dirigió a los contertulios que seguían en animada charla funeraria-. Desde luego sin polemizar en lo que ustedes han contado hasta ahora, cada vez más enfermos se salvan por detectar su enfermedad a tiempo. Sin ir mas lejos este doctor, es una eminencia, con una sola mirada es capaz de ver el problema que se tenga. Yo sé de varios conocidos a los que les ha evitado muchos dolores y quizá la muerte con simplemente una observación atenta.
-En mi caso, sin ir más lejos, averiguó rápidamente mi problema.-le respondió rápido uno de los tres pacientes; el que parecía mayor y más veterano en llevar con honor su enfermedad,-desde entonces solo vengo cada mes para que me haga un seguimiento de la enfermedad. No he vuelto a tener ningún síntoma del mal siguiendo su tratamiento.
Ella guiñó el ojo a su marido y le dijo al oído.
-Ya está encauzada la charla, ahora van a relatarte todo lo bueno y simpático que es el doctor, ya lo verás como hasta te gusta estar enfermo. -Le dijo irónicamente-. Quédate aquí, he visto en el pasillo a una compañera de trabajo. Voy a hablar con ella.
A Juan la estrategia de su mujer le gustó, parece que ya no le dolía tanto el estómago y empezó a tranquilizarse. El otro de los compadres adelantando por la mano al tartamudo, intervino también en la pugna por dar buenas esperanzas.         -Yo, después de varias estancias en el hospital me decidí por consultar un médico particular y me vine a este. Desde entonces estoy bastante contento y mi vida ha vuelto a trascurrir con normalidad, sin hacer excesos eso sí.
-Yo…yo conozco,…un mo.…mento dejarme de…deciros. –Al final con mucho trabajo, el señor tartamudo, arrastrando penosamente las sílabas, logró meter algo de su cosecha.-Yo conozco a una amiga de una compañera del cuñado de mi mujer…mi mujer lo supo por la vecina que lo contó el otro día en la pescadería del mercado. Pues bien esta señora, en el hospital, le metieron una sonda por la boca…la anestesia no la hacía efecto…y…después de retorcerse de…¿Qué… pero qué…qué…le… pasa? –Miró alarmado a Juan.
Toda la descripción fue convenientemente animada con gestos, sonidos guturales y alguna que otra parada, no se sabe si para darle suspense o simplemente era producto del defecto de la tartamudez, y necesitaba coger aire de vez en cuando. El dolor de estómago, de cabeza y de otras partes del cuerpo que jamás soñó que podían originarle malestar volvieron a atormentar a Juan. Le faltaba cada vez más el oxígeno, se lo había adsorbido todo el tartamudo para seguir con la narración. Se sintió mal… muy mal…pero que….muy mal…fatal.

La sirena de una ambulancia cada vez se oía más cerca de la clínica. María seguía hablando con su compañera de trabajo.
-Mira, una ambulancia, alguien se ha puesto grave y le llevarán al hospital. Bueno me voy que ya estará a punto de tocarle a mi marido.
-Sí a veces ocurre que la clínica decide internar a algún paciente urgentemente. ¡Hasta luego! -Se despidió su amiga.
María entró en la sala y no vio por ninguna parte a su marido. Por un momento pensó que se había ido el cobarde, pero no le creía capaz de irse sin avisarla. Así que cogió una revista y esperó. Sólo quedaba en la sala el señor tartamudo. No dejaba de mirarla, intentaba con gestos obtener su atención, pero no le salía pese a los esfuerzos ningún sonido por su boca. Al fin unas palabras vacilantes pero claras se le oyeron.
-Pe… er…dón. ¿Usted… venía con el señor joven? –Ella apremiándole, asintió con la cabeza- Hace unos… mi…minutos el joven se des…desmayó y una ambulancia ha venido para llevárselo al… hos…hospital.

 Casi no oyó las últimas palabras, salió volando hacia el centro hospitalario, no estaba lejos y llegó tras diez minutos de apresurada caminata. En el mostrador de entrada preguntó por su marido y le dijeron que en esos momentos se le estaba interviniendo de urgencia de una hemorragia estomacal y que aguardase en la sala de espera. Muy nerviosa, se sentó en la sala con otras familias que estaban esperando noticias también de sus parientes. Un altavoz daba el nombre del paciente intervenido y el lugar donde los familiares debían encontrarse con el cirujano que les practicó la intervención. A las dos horas el nombre de su marido sonó por el altavoz.. Se levantó y corriendo fue a hablar con el cirujano. La tranquilizó, todo había salido bien, dentro de poco se le subiría a planta para recuperarse de la anestesia.
Ya en la habitación, observaba cómo dormía su marido. Reflexionaba sobre lo ocurrido hacía apenas unas horas. Seguramente esa era la única manera de meter a su marido en un quirófano, su aversión a los hospitales y a los médicos era tan grande, que la última vez que casi vio a un médico, fue a un dentista, el dolor de muelas era tan insoportable que le llevó ya anestesiado con unas cuantas copas.       El paciente ya se estaba despertando. Abrió los ojos con dificultad y cuándo se le aclaró la vista preguntó:
-¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?     -Tranquilo mi amor. –Le tranquilizó María con dulzura-. Ya ha pasado todo. Tenías una úlcera sangrante, te desmayaste en la sala de espera y una ambulancia te trajo al hospital. Te han operado de urgencia con éxito. Ahora tengo un marido como nuevo, a estrenar. ¡Cómo es debido!
Juan intentó sonreír ante la ocurrencia de su mujer, pero el dolor de cabeza…         -Todavía estoy un poco mareado, debe ser la anestesia. Ayúdame quiero ir al baño.   María le cogió del brazo levantándolo de la cama. Él dio dos pasos y le indicó con un gesto que podía ir solo, avanzó con paso vacilante hacia el baño. La bata del hospital atada por detrás descubría parte de su anatomía. María se dio cuenta. Entre carcajadas consiguió a duras penas decirle con sorna:
-¿Sabes que estas muy sexy con esa bata que deja ver tu popa desprotegida?

Juan, entre avergonzado y halagado, se cubrió torpemente por detrás. Sintió un calorcillo placentero y una parte de su cuerpo muy masculina, empezó a tomar altura.

Autor: Manuel G. B.

Taller de escritura: Coqueteando con la muerte

stopPara concluir la semana os ofrecemos un relato que nos enfrenta al destino común de nuestras vidas.
Los viejos temas del vanitas vanitatis y el memento mori se hacen presentes una vez más en este relato trepidante de todo lo que nos puede cambiar la vida una pequeña decisión, una palabra, una actitud o una ilusión. Feliz fin de semana a todos y felices lecturas.

Coqueteando con la muerte

Estás perdiendo la noción del tiempo, ¡ten calma, por favor¡… no sabes dónde te encuentras y además estas envuelto e inmovilizado en un amasijo de hierros, sabes…estás seguro…¡vives¡ Sí…sí…, porque puedes rememorar cada detalle, cada minuto de la noche. Un esfuerzo ¡ánimo¡ mantén tu mente despierta y empieza a recordar todo lo sucedido esta noche.

“Llegas a la fiesta como un triunfador, montado en tu flamante auto recién comprado y te pavoneas para provocar la admiración, especialmente entre las muchachas. Eliges un lugar para aparcar tu automóvil. A esa hora hay muchos sitios para estacionarse cómodamente, pero tú seleccionas uno suficientemente visible y complicado para demostrar ante la gente que se aglomera en la puerta de la sala de fiestas la maniobrabilidad del automóvil y tu destreza en su manejo; te haces notar. Tus camaradas de diversión se apelotonan a tu alrededor. Algunas chicas entran en el vehículo, tocándolo todo con gran curiosidad, sin embargo tu pandilla masculina se dedica a comentar cosas técnicas, y tú, orgulloso, les respondes a todas las dudas como si fueras el vendedor del concesionario y no el propietario; te has aprendido muy bien todo lo referente a la mecánica y las prestaciones de ese ingenio tecnológico, porque dedicaste un mes, ¿no te acuerdas? a leer todas las revistas especializadas antes de decidirte por alguno.

Al principio no te das cuenta; estás tan entusiasmado contando las excelencias y trucos de conducción del auto, que no reparas en una muchacha muy atenta a todo lo que ocurre a tu alrededor. No pertenece a tu grupo de amistades, sin embargo permanece entre ellos, aunque a nadie al parecer le llama la atención su presencia. Sus ojos te hipnotizan y su media sonrisa te decide a un acercamiento discreto en el cual nadie repara. Ella se encamina a la entrada de la discoteca y vas detrás, sin que tus amigos perciban tu ausencia; continuaban todavía dando vueltas a tu coche por dentro y por fuera. Una atracción incontrolable ejerce la joven sobre tu voluntad y la sigues al salón de baile, donde la orquesta formada por ocho músicos, aún estaban afinando los instrumentos. La entrada al salón tiene una escalinata, por la cual, ella desaparece de tu vista. Al llegar al último peldaño, la buscas ansiosamente con la mirada. Giras la cabeza a izquierda y derecha sin encontrarla. Te quedas sorprendido, incluso piensas que todo fue un espejismo, una ensoñación estimulada por el alcohol que habías consumido anteriormente para celebrar la adquisición del coche. Ese pensamiento te hace sentir sed y te diriges a la barra de la sala de baile. No hay mucha gente todavía y el camarero te sirve rápido el gin-tonic. Tu cerebro sigue ocupándose de la desaparición de la chica misteriosa y no repara en que el coche permanece abierto, a merced de tus amigotes.

La orquesta ha empezado a tocar y vas por el segundo cubata de la noche Has empezado ha olvidar lo sucedido anteriormente, cuando una voz suave como el roce del viento en las hojas suena muy cerca de tu oído. Quedas sorprendido, jurarías ante mil tribunales que ella no se había reflejado en el gran espejo de detrás de la barra. Recapacitas, y llegas a la conclusión que el alcohol ha mermado tu percepción de la realidad. Te vuelves y la muchacha ,con un gesto acogedor, toma tu mano y te dejas llevar a la pista de baile. Nunca has sido un gran bailarín y ves con incredulidad, cómo tus pies llevan el paso de la pieza musical. Más de una vez aseguras en tu interior que la estás pisando, pero tus pies se posan sobre los de ella sin que notes nada debajo. Sonríes, el alcohol te ha subido en una nube, no sientes tu peso. El contacto con su cuerpo es como acariciar el aire y sus labios rozando tu mejilla, dibujan un beso cálido, sensual, de suavidad no terrenal, desconocida hasta entonces.

Es una noche fantástica, hasta que bajo el pretexto de ir al baño desaparece por segunda vez de tu presencia. Tras una espera demasiado prolongada, decides buscarla por todos los rincones del salón. No la encuentras por ninguna parte, te preguntas si todo habrá sido un agradable sueño y tú no te has movido en toda la noche de la barra del bar. Pides otra copa, quieres ahogar en alcohol ese ¿sueño o realidad? Todo era perfecto hasta que apareció ella. Esperabas una gran noche rodeado de muchachas alabando lo bien que te iba la vida y te ves de pronto sentado en la barra, bebiendo y solo. No tardas en irte, ya nada te retiene allí. Vuelves al coche y te frotas la cara para despejarte, no quieres pensar en la muchacha. Ahora debes concentrar toda la atención en la conducción.

De madrugada, la bruma espesa del amanecer no te permite ver más allá de dos rayas discontinuas del pavimento de la carretera. A tus amigos les hablaste de la seguridad del coche, de cómo se adhería a la carretera de forma extraordinaria porque estaba dotado de un sistema que ni siquiera conseguiste pronunciarlo correctamente en inglés, pero qué más da, a ellos les sonó de lo más avanzado en la tecnología del automóvil. Miras la velocidad y la adrenalina se te sube a límites extremos; vas al doble de velocidad permitida en una carretera de montaña con curvas muy peligrosas. Te sientes capaz de cualquier hazaña y así comprobar con hechos todas las fanfarronadas automovilísticas que has contado a tus colegas delante de la barra de vuestro bar de siempre; auditorio complaciente con tus éxitos y valentonadas.

Te lanzas por la bajada a toda velocidad. Menos mal que la primera curva sale a tu izquierda y a la vez que la tomas puedes abrir la ventanilla porque te estas mareando a consecuencia del alcohol que llevas consumido. No puedes digerir tanta bebida y se te está subiendo a la garganta. Eres muy hábil, al mismo tiempo que bajas la ventanilla asomas la cabeza fuera del coche para devolverle a la naturaleza lo sobrante de tu estómago. Tus manos firmes en el volante maniobran con pericia para salir indemne de esa primera curva tan cerrada.

 Logras situar el coche perfectamente en la recta. Estás eufórico, has salido airoso del peligro. Pisas el acelerador a fondo. Quieres ver la velocidad máxima desarrollada por el coche. Pones música fuerte y alta que te hace sentir dueño y dominador del monstruo mecánico. El disco llega a su final y vuelve el silencio. Oyes un ruido, pero la primera vez no haces caso. Ahora sí, has notado como una respiración en los asientos de atrás. Miras al retrovisor y no ves nada, pero presientes que algo se mueve a tus espaldas. Vuelves la cabeza y la chica del baile está sentada y riéndose ampliamente. Te preguntas cómo no se reflejó su rostro por el retrovisor y cuándo entró en el auto. Caes en la cuenta de que no cerraste el coche en el aparcamiento de la sala de fiestas y entonces la buscaste por todos los sitios, ¡qué tonto!, ella estaba aquí, esperándote en el automóvil.

Sigues bajando demasiado rápido y te has relajado en tu conducción. Tu vista se nubla por momentos. Una especie de niebla se ciñe sobre el asfalto, se ha metido en tu coche empañándote el retrovisor. Con una mano limpias el espejo y con horror, se te presenta la imagen de una calavera con una carcajada siniestra que descubre su boca desdentada. Con la otra mano agarras firmemente el volante. Esta vez no consigues controlar el coche, y preso del pánico, caes por la ladera de la montaña dando muchas vueltas de campana”.

 Mueve tus piernas,… haz un esfuerzo. Las órdenes que trasmite tu cerebro no son obedecidas, pero no importa, has podido abrir tus ojos, y delante, ¿Qué ves?… Tienes la imagen borrosa de la muchacha. Te mira a través del parabrisas, y entre la niebla de la madrugada, te parece la misma efigie horrible que se reflejó en el retrovisor. La chica dirige sus pasos ladera arriba, hacia la carretera. El sonido de una sirena, lo presientes ¿no lo oyes? cada vez más cercano. Ahora, por el mismo sendero que la misteriosa joven desapareció, estás viendo una luz intermitente que rasga la niebla. Deseas con ansiedad que todavía no sea demasiado tarde, y te prometes a ti mismo, no coquetear nunca más con la muerte.

Autor: M. G. Bueno

Taller de escritura: Sesión continua

sesion continuaDedicamos nuestra última entrada del mes de junio a recordar aquellas sesiones continuas de cine de nuestra infancia o juventud. Nuestro relato de hoy nos recuerda cómo la línea entre la realidad y la ficción es fina,sutil y muy fácil de traspasar, convirtiendo a veces nuestra vida en una pesadilla digna de los mejores relatos de terror o haciéndonos protagonistas inesperados de una historia digna de una novela negra.

Sesión continua

Atravesó la calle con prisa y sin mirar. A su espalda quedaron sonidos de frenazos, voces altisonantes, pequeños golpes y gran confusión en el tráfico. No miró hacia atrás en ningún momento hasta que no se sintió a salvo. Su corazón, que instantes antes corría mas rápido que sus piernas, al fin encontró la calma. El pecho le dolía intensamente; no estaba acostumbrado a correr de esa manera. Estaba en un callejón angosto y obscuro, que le permitía no obstante, ver toda la avenida por donde había corrido preso del pánico. Fijó su espalda contra la pared, deslizándola suavemente hacia abajo doblando las rodillas; así estuvo un buen rato, hasta que recuperó el aliento y la serenidad. Nadie le seguía, la gente pasaba sin mirarle; como si fuera parte del mobiliario urbano. Sacó su pañuelo para secarse el sudor, estiró el arrugado pantalón y con un ajuste ligero de la corbata, decidió la incorporación a la avenida y confundirse con los demás transeúntes.

Empezó a pasear al ritmo marcado por la gente, con la obsesión de ir lejos, muy lejos, no tenía pensado ningún destino determinado. Andar por andar le sentaba bien. Hacía un momento se había sentido cansado, apesadumbrado, ahora ya no le dolían ni el pecho ni las piernas, aún así debía de encontrar algún sitio, la calle podía ser peligrosa.
Se detuvo delante del gran ventanal de una cafetería. No le pareció mal lugar, desde el interior podía ver a los que pasaban por la acera, aunque también él podría ser visto; ¿Y si le estaban observando desde algún lugar cercano? Decidió entrar por la puerta principal y salir inmediatamente por la de atrás; daba enfrente de un cine de sesión continua. Allí descansaría y dentro de dos horas saldría sin ningún problema.
En la taquilla, una mujer asomó la cabeza, sin quitarse el cigarrillo de los labios esperó a ver el dinero de la entrada en la repisa antes de darle el ticket. Accedió al vestíbulo del cine totalmente silencioso, salvo por el ruido de sus propios pasos en el piso de madera desgastado por el tiempo. Accedió al patio de butacas, todo estaba en penumbra, el resplandor de la pantalla le permitió divisar diez o quince cabezas que sobresalían por el respaldo de las butacas. Eligió el lado de la salida de emergencia, buscó acomodó en un lugar lejos de cualquier extraño para descansar o dormir un rato. Cerró los ojos con gusto, estiró las piernas todo lo que le permitió el pasillo trasversal del patio de butacas.

Su dormir era bastante agitado, muchas veces varió su posición abriendo los ojos de vez en cuando. No quería mirar la pantalla, pero los diálogos de los actores no le dejaban conciliar el sueño. El duermevela le sumía en un estado de ensoñación, la realidad se mezclaba con la ficción que vivían los actores. Una mujer en blanco y negro de extremo a extremo de la pantalla, paseaba nerviosa; esperaba a alguien, sin duda. La habitación estaba iluminada y él no se preguntó por qué ahora estaba en la calle, y veía con meridiana precisión todo lo que acontecía dentro de los muros de la habitación. Se acercó sigilosamente para ver el interior con más detalle. Un coche aparcó delante de la casa, la mirada de ella se desvió hacia un sobre cerrado sobre la mesa, esperó delante de la puerta de entrada. Del coche se bajó un hombre joven, y llamó decidido con unos golpes rítmicos, como si de una contraseña se tratara. Ella abrió la puerta, se dejó acariciar con apatía. El joven la miró con una sonrisa que intentaba tranquilizarla y cogiéndola las manos la atrajo hacia él besándola largamente. Se metió el sobre en el bolso. Cuando se disponía a salir oyó un ruido en el pasillo. Una silueta se deslizó hacia la calle, corrió detrás de ella. Salió, iniciándose una persecución por las calles y callejones oscuros y poco concurridos de la ciudad. Llegó un momento en que el joven perseguidor se encontró desorientado, había perdido la pista.

Aliviado, se encontró otra vez sentado de nuevo en la butaca. Ya habían pasado por lo menos dos horas y se preparó para salir del cine. Varios espectadores abandonaron la sala y otros se incorporaron a la misma. Detrás de él sintió como alguien seacomodaba en el asiento. Al principio no lo dio importancia pero un estado de desasosiego le impulsó a volver la cabeza hacia atrás. Se quedó pálido, el joven perseguidor lucía una sonrisa siniestra, en su mano izquierda una pistola con silenciador apoyaba el cañón en el respaldo de su butaca.

Autor: Manuel G. B.

Taller de escritura: una declaración de amor

libro-del-amor-7027Te encontré entre los adverbios

Cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer y ya llevamos juntos más de veinte años. Hemos arrancado muchas hojas del árbol del calendario, nos hemos vaciado, cada hora, cada minuto, dándonos lo mejor de nosotros mismos.

Cuando te presentaste, con los brazos llenos de primaveras, se deshelaron los hielos de mi largo invierno. Despertaste mi aletargado y miedoso corazón hacia los afectos con agua fresca, deslizándose por mi cuerpo que se sumergía una y otra vez en el mar de tus ojos. Abriendo tu blusa cerré mis tristezas, vagué por tu cuerpo, besándote, y juntos cruzamos países sensuales sin fronteras como emigrantes clandestinos sin carta de ciudadanía.

Aquí, en mis manos, los dedos habían olvidado la gramática de las caricias, pero sentí tu piel crecer, busqué besos que olvidé en algún lugar del desván del recuerdo y las penas se disiparon, eran penas sin voz, como cenizas de almohada de otras noches de amor olvidadas.

Mucho hemos viajado, a veces a ninguna parte, pero eso no nos ha impedido llegar a todos los lugares necesarios y volver juntos. Hemos volado en la alfombra mágica del colchón por universos inventados. Tu presencia bastaba para sumar estrellas en los hoteles que nos hospedábamos, por muy humildes que estos fueran.

Quizá, nuestro amor trasciende el tiempo y el espacio. Cualquier lugar es bueno si tú estás, somos como dioses menores persiguiendo un paraíso inmediato. Entre los dos lo conseguiremos porque está aquí en esta tierra.

Ahora, vamos a enlazarnos las manos, nosotros, como dos antorchas amaneceremos la noche e incendiaremos el aire con palabras de amor salidas de tu voz y la mía. Nuestro amor será lluvia fértil y toda la humanidad nos imitará bailando una danza solidaria de amistad y hermandad.                                                                                  

Autor: Manuel G. B.