Taller de escritura: Un fin de semana de altura

piesLos fines de semana propician los encuentros amorosos casuales y también los conyugales. Sin embargo, algunas circunstancias se pueden interponer y ponernos las cosas difíciles, tan difíciles que se convierten en imposibles.
El relato de hoy comienza con lo que podría ser un dulce despertar y termina… como termina. Feliz lectura.

Un fin de semana de altura

Un fuerte dolor de estómago le impedía dormir, no quería despertar a su mujer que dormía plácidamente a su lado. Se encogió de piernas adoptando la posición fetal en la que percibió un ligero alivio, pero no pudo evitar golpear con el codo en la espalda de su compañera, despertándola.
-¿Qué hora es, ya ha sonado el despertador? -Se volvió hacia él abrazándole y susurrándole al oído con afectuoso descaro cargado de erotismo-. Hoy no tienes que ir a trabajar, podemos estar otro ratito juntos, ¿verdad mi amor?
Notó como su mujer se despojaba de las bragas y se situaba encima de él. Con sensualidad, deslizaba sus labios por su boca y sus manos se introducían por debajo de su pijama buscando colaboraciones necesarias e imprescindibles para iniciar una mañana pletórica de una apasionada animalidad voluptuosa. Pero no encontró respuesta satisfactoria.
-¿Qué te ocurre?, esto que tengo entre mis manos es lo más parecido a una naturaleza muerta, ¿no crees? -Le dijo ella visiblemente decepcionada aunque contuvo con orgullo su enfado.
-Déjame, por favor, tengo un fuerte dolor de estómago, no he dormido en toda la noche, mientras tú descansabas plácidamente. ¡Qué envidia me dabas!
-¡Otra vez el maldito dolor de estomago del fin de semana¡ Mira, esto hay que solucionarlo; llevas quejándote del estómago ya por lo menos un mes y siempre los sábados. -Se lanzó de la cama con la energía de un animal en celo, se puso las bragas y se ajustó el sujetador y sin reprimir para nada su enfado le gritó- ¿Sabes lo que te digo?, que ahora sin falta voy a llamar al doctor Jorge Blanco, creo que se llama, y le voy a pedir cita para esta tarde. No….no me pongas esa cara y no me digas como siempre que ya se te está pasando, ¡miedica! Ya te estás yendo a la ducha.

Con un gesto de dolor y no con poca resignación, Juan se incorporó en la cama. Se miró en el espejo del armario, la cara amarillenta, las ojeras propias de no haber dormido, barba de dos días, pelo desaliñado y un sabor en la boca desagradable. Sus ojos de cordero listo para el sacrificio miraron a su mujer que se lanzaba a llamar por teléfono para la cita de ese doctor que, según ella le iba a dejar como nuevo.
-Cariño y ese doctor, si es tan bueno como dices… ¿Cómo te has enterado?
-La vecina del quinto me lo ha dicho, es su primo. Trató a su marido también de fuertes dolores en el estómago, enseguida dio con el problema y se lo resolvió. –María cogió el teléfono y marcó el número del doctor, que tenía anotado en una agenda.
Desde la ducha, con el agua en la boca y dando un respingo que casi da con él en el suelo gritó:
-¡Si esa mujer es viuda! Luego tan bueno no será, si a su marido le ha liquidado el dichoso doctor. ¿Por qué no lo pensamos mejor, con calma, y… elegimos otro … mis compañeros de trabajo tienen que conocer a alguien y …
-Calla por favor, ¡exagerado¡ que está dando la señal de llamada. Además la señora es viuda porque su marido murió de un infarto, nada que ver con el problema estomacal. Ve quitándote esa aprensión infantil a los médicos; un sábado más de esta manera y te juro que pido el divorcio o me busco uno que te sustituya los días de descanso: ¡elige!
-Bueno pero si te equivocas y en vez de divorciada pasas a viuda… -Nada mas decir esto, Juan, que conocía muy bien a María, empezó a arrepentirse.
-No me hagas elegir, porque igual paso a viuda antes de qué tú te hayas acercado siquiera al consultorio del doctor. Vete acabando, que he conseguido la cita hoy sábado dentro de una hora, gracias a la influencia de esa vecina del quinto que tanto estarás empezando a odiar. Pues ¿sabes una cosa?: a lo mejor la tienes que dar las gracias si todo va bien, porque habrá conseguido que los fines de semana vuelvan a coger la altura que habían perdido.

Bajaron en el ascensor no sin antes repetir que él ya se sentía bien y que como ya no tenía síntomas los galenos no podrían hacer mucho por averiguar el origen de sus dolores. María, por supuesto, no le hizo el menor caso, se dispuso a mirar en ambas direcciones para lograr que les parase un taxi. Al fin lo logró. Dejó a su marido a un lado del coche y ella entró por el otro. Le dio la dirección al taxista y el coche se puso en movimiento. Solo avanzó unos metros.
-¡Pare…pare!, ¿mi marido… pero… dónde está mi marido? –El taxista alarmado frenó el automóvil y visiblemente asustado gritó.
-Pero señora, sólo estaba usted. Yo no he visto a nadie más.
Ella se bajó airada y vio a su marido que estaba tranquilamente de pie en la acera inmóvil como una farola. Le gritó:
-¿Qué haces ahí? Vamos ¡corre!… O es que hay que abrirle la puerta al señor para que entre.
-Yo…es que… cuando iba a subir, el coche se puso en marcha y… -Juan resignado, entró mansamente en el auto. Su último intento no estuvo mal, pero volvió a ser inútil y pensó “por intentarlo poco se pierde”.

El taxi fue cogiendo velocidad ya, sin ningún impedimento. A los veinte minutos llegaron a la clínica. Bajaron del coche y subieron la escalinata que daba acceso a la recepción. Una señorita bien entrenada para el trato exquisito que deben tener los pacientes de seguro privado; además de joven, amable y risueña, les dio la bienvenida.
-¡Buenos días!, ¿tienen cita? –María le explicó que venían de urgencia y le dio el nombre de su marido. Inmediatamente llamó por teléfono y asintiendo a la voz que sonaba por el auricular les acomodó en una sala donde al parecer estaban los “recomendados”, según maliciosamente pensó Juan.
En la sala había tres personas de mediana edad en una charla bastante animada. Daba la impresión de ser pacientes ya conocidos de la clínica, y entre ellos compartían esa camaradería que provoca el sufrimiento de la misma enfermedad. Juan y María se acomodaron discretamente en un ángulo de la sala de espera y se limitaron a escuchar.
-Pues sí la verdad, después de pasarlo bastante mal en el hospital el pobre al fin descansó. La úlcera se lo llevó, no tendría más de cuarenta años. –Hablaba el que parecía mas joven, visiblemente afectado.
– Ese que dices tú le conocí yo en el hospital. –Le respondió, el que parecía más versado en las urgencias hospitalarias-. Me dijo que estuvo bastante tiempo en la lista de espera y al final ya no podía aguantar los dolores, se fue a urgencias pero la intervención por lo que dices llegó demasiado tarde.
El tercer hombre llevaba bastante tiempo queriendo entrar en la conversación, un ligero tartamudeo le impedía tener la suficiente rapidez de palabra, pero al final tras unos cuantos intentos puso su granito de “optimismo” en la conversación.        -Pué…Pues mi prima no pudo con la prueba para averiguar lo que tenía en los intestinos y..y… Po…pobre mujer, dos meses duró.
Mientras oían la charla de estos tres individuos, ella trataba de comentar con su marido, para distraerle, distintas noticias de los famosos que venían en las revistas de las salas de espera de los consultorios. Juan se estaba poniendo de todos los colores que cualquier pintor desearía y nunca pudo imaginar. Le empezó a doler el estómago y hasta las raíces de sus propios pensamientos. Su mujer le decía que eran conversaciones propias de hospital y que era normal que rivalizaran por poner un punto más en cada intervención. Ahora, el tema afectaba a cuantos conocían por haber muerto de la enfermedad que ellos tenían. María, quiso demostrarle que ella fácilmente podía dar un giro optimista a la conversación, le dijo:
-Observa, verás qué fácil.-Se dirigió a los contertulios que seguían en animada charla funeraria-. Desde luego sin polemizar en lo que ustedes han contado hasta ahora, cada vez más enfermos se salvan por detectar su enfermedad a tiempo. Sin ir mas lejos este doctor, es una eminencia, con una sola mirada es capaz de ver el problema que se tenga. Yo sé de varios conocidos a los que les ha evitado muchos dolores y quizá la muerte con simplemente una observación atenta.
-En mi caso, sin ir más lejos, averiguó rápidamente mi problema.-le respondió rápido uno de los tres pacientes; el que parecía mayor y más veterano en llevar con honor su enfermedad,-desde entonces solo vengo cada mes para que me haga un seguimiento de la enfermedad. No he vuelto a tener ningún síntoma del mal siguiendo su tratamiento.
Ella guiñó el ojo a su marido y le dijo al oído.
-Ya está encauzada la charla, ahora van a relatarte todo lo bueno y simpático que es el doctor, ya lo verás como hasta te gusta estar enfermo. -Le dijo irónicamente-. Quédate aquí, he visto en el pasillo a una compañera de trabajo. Voy a hablar con ella.
A Juan la estrategia de su mujer le gustó, parece que ya no le dolía tanto el estómago y empezó a tranquilizarse. El otro de los compadres adelantando por la mano al tartamudo, intervino también en la pugna por dar buenas esperanzas.         -Yo, después de varias estancias en el hospital me decidí por consultar un médico particular y me vine a este. Desde entonces estoy bastante contento y mi vida ha vuelto a trascurrir con normalidad, sin hacer excesos eso sí.
-Yo…yo conozco,…un mo.…mento dejarme de…deciros. –Al final con mucho trabajo, el señor tartamudo, arrastrando penosamente las sílabas, logró meter algo de su cosecha.-Yo conozco a una amiga de una compañera del cuñado de mi mujer…mi mujer lo supo por la vecina que lo contó el otro día en la pescadería del mercado. Pues bien esta señora, en el hospital, le metieron una sonda por la boca…la anestesia no la hacía efecto…y…después de retorcerse de…¿Qué… pero qué…qué…le… pasa? –Miró alarmado a Juan.
Toda la descripción fue convenientemente animada con gestos, sonidos guturales y alguna que otra parada, no se sabe si para darle suspense o simplemente era producto del defecto de la tartamudez, y necesitaba coger aire de vez en cuando. El dolor de estómago, de cabeza y de otras partes del cuerpo que jamás soñó que podían originarle malestar volvieron a atormentar a Juan. Le faltaba cada vez más el oxígeno, se lo había adsorbido todo el tartamudo para seguir con la narración. Se sintió mal… muy mal…pero que….muy mal…fatal.

La sirena de una ambulancia cada vez se oía más cerca de la clínica. María seguía hablando con su compañera de trabajo.
-Mira, una ambulancia, alguien se ha puesto grave y le llevarán al hospital. Bueno me voy que ya estará a punto de tocarle a mi marido.
-Sí a veces ocurre que la clínica decide internar a algún paciente urgentemente. ¡Hasta luego! -Se despidió su amiga.
María entró en la sala y no vio por ninguna parte a su marido. Por un momento pensó que se había ido el cobarde, pero no le creía capaz de irse sin avisarla. Así que cogió una revista y esperó. Sólo quedaba en la sala el señor tartamudo. No dejaba de mirarla, intentaba con gestos obtener su atención, pero no le salía pese a los esfuerzos ningún sonido por su boca. Al fin unas palabras vacilantes pero claras se le oyeron.
-Pe… er…dón. ¿Usted… venía con el señor joven? –Ella apremiándole, asintió con la cabeza- Hace unos… mi…minutos el joven se des…desmayó y una ambulancia ha venido para llevárselo al… hos…hospital.

 Casi no oyó las últimas palabras, salió volando hacia el centro hospitalario, no estaba lejos y llegó tras diez minutos de apresurada caminata. En el mostrador de entrada preguntó por su marido y le dijeron que en esos momentos se le estaba interviniendo de urgencia de una hemorragia estomacal y que aguardase en la sala de espera. Muy nerviosa, se sentó en la sala con otras familias que estaban esperando noticias también de sus parientes. Un altavoz daba el nombre del paciente intervenido y el lugar donde los familiares debían encontrarse con el cirujano que les practicó la intervención. A las dos horas el nombre de su marido sonó por el altavoz.. Se levantó y corriendo fue a hablar con el cirujano. La tranquilizó, todo había salido bien, dentro de poco se le subiría a planta para recuperarse de la anestesia.
Ya en la habitación, observaba cómo dormía su marido. Reflexionaba sobre lo ocurrido hacía apenas unas horas. Seguramente esa era la única manera de meter a su marido en un quirófano, su aversión a los hospitales y a los médicos era tan grande, que la última vez que casi vio a un médico, fue a un dentista, el dolor de muelas era tan insoportable que le llevó ya anestesiado con unas cuantas copas.       El paciente ya se estaba despertando. Abrió los ojos con dificultad y cuándo se le aclaró la vista preguntó:
-¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?     -Tranquilo mi amor. –Le tranquilizó María con dulzura-. Ya ha pasado todo. Tenías una úlcera sangrante, te desmayaste en la sala de espera y una ambulancia te trajo al hospital. Te han operado de urgencia con éxito. Ahora tengo un marido como nuevo, a estrenar. ¡Cómo es debido!
Juan intentó sonreír ante la ocurrencia de su mujer, pero el dolor de cabeza…         -Todavía estoy un poco mareado, debe ser la anestesia. Ayúdame quiero ir al baño.   María le cogió del brazo levantándolo de la cama. Él dio dos pasos y le indicó con un gesto que podía ir solo, avanzó con paso vacilante hacia el baño. La bata del hospital atada por detrás descubría parte de su anatomía. María se dio cuenta. Entre carcajadas consiguió a duras penas decirle con sorna:
-¿Sabes que estas muy sexy con esa bata que deja ver tu popa desprotegida?

Juan, entre avergonzado y halagado, se cubrió torpemente por detrás. Sintió un calorcillo placentero y una parte de su cuerpo muy masculina, empezó a tomar altura.

Autor: Manuel G. B.

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