Taller de escritura: Drama rural

horno¿Cuántos secretos esconden las vidas de las personas que nos rodean? ¿Y las nuestras? Pequeños secretos sin importancia y a veces secretos profundos e inmensos, dramas oscuros que nos acompañan siempre porque son nuestros propios secretos.
La historia de Baldomero, Encarna y Pilarín encierra mucha verdad. Situaciones similares hemos oído contar cuando los tiempos eran otros y en nuestro país se respiraba un aire viciado de hipocresía, apariencia y moral mal entendida. Nunca más.

Drama rural

Don Baldomero se despertó de modo súbito. La oscuridad reinante le desconcertó, no sabía dónde estaba. Se incorporó inconsciente, un sudor frío bañaba su frente y su cuello. Se llevó la mano a la garganta, una sensación de sofoco amenazaba su respiración, provocándole angustia. Se trataba de la misma pesadilla, que noche tras noche se repetía, y que era el origen de todo ese malestar. Un remolino de agua sanguinolenta amenazaba con engullirlo, pese a los esfuerzos por alejarse de él. A tientas extendió la mano y zarandeó el cuerpo rollizo de su mujer.

-¿Qué pasa? -balbuceó somnolienta.

-¡Otra vez Encarna!, ¡otra vez el mismo sueño! Seguro que es un aviso del Santísimo -respondió lleno de temor.

-Que aviso, ni que nada Baldo, ¡cómo si el Santísimo no tuviese tareas más importantes en que ocuparse! Esos sueños los fabrica tu mente, nada más -respondió ella autoritaria.

-Pero es que yo no puedo hacerlo, Encarna. ¡tengo miedo! -exclamó con la voz temerosa de un niño.

-Baldo no tenemos otra opción. Es la honra de nuestra hija la que está en peligro. Lo hacemos por Pilarín, para que tenga un futuro -zanjó ella.

-Te voy a preparar una infusión y ya verás como esos pensamientos desaparecen –prosiguió más conciliadora.

Doña Encarna se levantó, se puso la bata y bajó al piso de abajo. Los peldaños de madera crujieron bajo el peso de su orondo cuerpo. Puso el puchero a hervir, después añadió una mezcla de melisa y valeriana. Mientras aguardaba a que la bebida estuviese lista, se sentó en la mesa. Sus dedos se deslizaron despacio por los surcos de la madera. En esa misma mesa ella había amasado el pan junto a su madre, había aprendido a elaborar los pericones para los días de fiesta. Allí le había preparado la merienda a Pilarín cuando era una niña y venía corriendo con las mejillas encendidas de tanto corretear por el patio. El estómago se le hizo un nudo al pensar en ella. Temía lo que el porvenir deparase si ellos no actuaban para ocultar la afrenta. No lo permitiría, aunque ello significase tener pesadillas el resto de sus vidas o condenar su alma para la eternidad.

Observó la cocina con detenimiento. Era grande y espaciosa. Había sido antes el obrador desde el que su abuelo había provisto de pan a todo el pueblo. En los anaqueles se acumulaban los canastos, las balanzas, los pesos. Ahora el polvo delataba que su tiempo había pasado. El viejo horno formaba parte de ese escenario caducado. Tenía dos portezuelas, una más pequeña para meter la leña y otra más grande para los panes y los bollos. Aún recordaba el olor que desprendía el obrador, mientras su abuelo trabajaba en él, era un aroma almibarado, dulce. Se quedaba en un escondrijo observando cómo él introducía con una vara larga las bandejas llenas de panes y magdalenas y las sacaba, más tarde, humeantes. Sus padres prosiguieron el oficio, pero Baldomero no quiso continuarlo.

Encarna había deseado un futuro mejor para Pilarín que el de la mercería. Soñaba con encontrar un brazo acomodado y respetable en el que colgar el de la niña. Pero ella, mujer astuta y perspicaz, no adivinó el peligro cuando éste se presentó vestido de traje azul marino, verborrea incontenible y mirada arrolladora. Únicamente cuando se materializó en llantos silenciosos y sofocados a medianoche, tras la huida del canalla, adivinó lo ocurrido, pero para entonces ya era demasiado tarde.

-¡Ay madre! se me ha salido el agua y eso que estoy aquí delante -se dijo a sí misma en tono enfadado.

Dejó reposar la infusión unos minutos y luego la vertió sobre una taza. Subió despacio la escalera. Baldomero mantenía el torso recostado sobre la almohada, su mirada se dirigía atemorizada hacia el crucifijo. Le lanzó una ojeada desdeñosa, nunca había podido contar con él para nada, pensó en su interior. Tras beberse la tisana, ambos se acostaron de nuevo. De espaldas uno junto a otro, en silencio, clavaron los ojos en las paredes blancas del dormitorio, él aprensivo, ella con serena frialdad. Amaneció pocas horas después.

El día comenzaba para don Baldomero revisando cajones, comprobando el género, anotando lo que faltaba. Era un fanático del orden y los números. Una clienta entró temprano. La mayoría miraban mucho, preguntaban aún más, y luego compraban poco. Mientras el dueño de la tienda cortaba cinta para rematar vivos, doña Mercedes se puso a otear a su alrededor. Dirigió, con evidente atención, su vista a la puerta que comunicaba con la vivienda particular, deseosa de conocer algún detalle que le confirmase las sospechas que empezaban a circular por el pueblo.

  • ¿Y Pilarín, qué tal se encuentra?, ¿está ya más restablecida? -preguntó con aparente preocupación.
  • Un poco, doña Mercedes, estas cosas van despacio -su respuesta intentó disimular su incomodidad.
  • ¡Pobrecita! Dios quiera que se mejore pronto. Déle muchos recuerdos y para su señora también -replicó en un tono no exento de malicia.

La enfermedad de Pilarín duraba ya cinco meses, tiempo en que nadie la había visto con el pretexto de que estaba ingresada en una clínica de la ciudad. Pese a la discreción de sus padres, algunas voces se habían alzado insinuando un posible origen carnal de la dolencia, hecho negado en extremo por aquellas otras que defendían con fervor la virtud y castidad de la niña.

Las fiestas de la patrona se celebraban a primeros de mayo y era el evento más importante del pueblo. Los mejores manjares se hacían un hueco en las mesas, arrinconando la acostumbrada austeridad. El jolgorio de los actos y procesiones distraería la atención. Fue la fecha escogida. Don Baldomero y doña Encarna sabían que ese día nadie acudiría a la tienda. Habían apilado un montón de leña las jornadas previas. Encendieron la lumbre y la atizaron con ahínco, y presos de un frenesí irracional fueron añadiendo troncos y más troncos hasta agotar el espacio. La temperatura alcanzó niveles máximos, el ambiente se hizo asfixiante, entonces, la mujer se dirigió hacia un rincón. Allí apenas visible, oculta bajo una mesa, había una cesta, ella sin vacilar cogió el fardo pequeño y compacto, acomodado en su interior, y se dirigió al horno. Él la miró aterrorizado, pero ella ignorando su mirada, con un movimiento rápido, arrojó a las brasas el pequeño revoltijo, a continuación cerró la portezuela. Las llamas lo devoraron a los pocos segundos. Ninguno pronunció una palabra.

Un olor inconfundible fue invadiendo la estancia. Al principio de forma tímida, apenas perceptible, en oleadas aromáticas que evocaban recuerdos de los crujientes asados de cordero, de los lechones de piel crepitante de las ya remotas celebraciones familiares. Era un aroma dulzón y sugerente, pero luego, azuzado por el fuego, se volvió recio, intenso, amargo, abrumadoramente delator de carne quemada carbonizándose ante los espantados ojos de don Baldomero y la mirada gélida de su mujer.

Aquel olor permanecería semanas, pese a los esfuerzos de doña Encarna por hacerlo desaparecer. Fregó paredes y suelos con lejía y detergente, incluso pulverizó de colonia la estancia. Nunca llegó a irse del todo, como si permaneciese secretamente escondido en algún rincón de la casa, o simplemente se hubiera grabado en lo profundo de sus conciencias.

Poco después de la fiesta, y como si la Virgen hubiera obrado el milagro, Pilarín reapareció en el pueblo totalmente restablecida. Únicamente la lividez de su rostro, su sonrisa triste y una mirada lejana, tornasolada de desdicha, delataron los síntomas de aquella extraña afección.

Autor: Anónimo

 

                       

 

 

 

 

 

 

 

Los clubes de lectura recomiendan (9)

En la última semana de agosto os traemos tres nuevas sugerencias para este verano que ya declina. La vida de una chica en una ciudad siempre en conflicto, como es Beirut, confrontando sus anhelos de joven con la terrible realidad; una infancia diferente, la de dos gemelos que se crían en un hospital misionero de Adis Adeba, y el viaje de regreso a los orígenes del narrador protagonista, en el que se da cuenta de que todo es cíclico, como la luna y las hogueras. ¡Hasta septiembre!

beirut i love youEsta es la historia de Zena, una joven atrapada en el hechizo de una ciudad que amenaza con sumergirla en un mar de guerra, dolor y aventuras amorosas. En las calles, las milicias armadas delimitan sus territorios mientras los obreros reconstruyen la ciudad. Familias enteras de refugiados duermen en una sola cama mientras chicas teñidas de rubio se dirigen a la siguiente megadiscoteca donde, a modo de combustible, circula la droga. Las bombas pueden empezar a caer en cualquier momento…
Mientras, Zena y Maya, su mejor amiga, deben dar sentido a sus vidas en medio de esta locura y sortear las múltiples obsesiones de esta ciudad: operaciones de cirugía estética, Kalashnikov, encontrar marido.

HIJOS DEL ANCHO MUNDOMientras la India celebra su flamante independencia, la abadesa de un convento de carmelitas en Madrás hace realidad uno de sus sueños más audaces: enviar a África dos jóvenes monjas enfermeras con la noble misión de transmitir el amor de Cristo ayudando a mitigar el dolor de los que sufren. Siete años más tarde, en el modesto hospital Missing de Adis Abeba nacen dos varones gemelos, Marion y Shiva Stone. El hecho no tendría nada de particular si no fuera porque su madre es una monja que muere en el parto y su padre un cirujano británico que desaparece sin dejar rastro. Así, los primeros años de los hermanos Stone transcurrirán en el feliz microcosmos del hospital misionero, criados por un pequeño grupo de personas que, con escasos medios y recursos, se afanan en curar a los enfermos.

paveseElaborado con el inconfundible estilo del autor italiano, que es un feliz cruce entre la palabra dura y pedregosa como un puñado de tierra de su Piamonte natal y la palabra precisa y brillante como un pequeño sol trabajado a mano, éste es un relato simbólico y descarnadamente lúcido, poético en su planteamiento y magistral en su resolución, cargado de una fuerza irresistible que nos conduce desde la primera página al centro del laberinto del novelista piamontés: la triple imposibilidad de regresar al origen, de averiguar nuestro nombre verdadero, de encontrar un sitio en el mundo. Porque para el narrador protagonista de La luna y las hogueras, el viaje a su pueblo -que desencadena la acción novelesca, articulada en torno a la bisagra del pasado y del presente, de la infancia y la adultez- es menos un viaje físico que un viaje al inconsciente de la tierra y de la memoria.

Los clubes de lectura recomiendan (8)

Para acompañar estos días que se van acortando de forma acelerada os recomendamos tres nuevas lecturas. Una novela pausada en la que se narra la vida de un profesor de universidad que se encontró con la literatura de forma casi casual; el despertar a la madurez de una niña gracias al gran acontecimiento que organiza su familia, un baile; y las peripecias de un bailarín flamenco en la convulsa Rusia de la Revolución de Octubre, de la que no puede huir. ¡Qué disfrutéis!

stonerWilliam Stoner, hijo único de un matrimonio de granjeros que sobrevive en la penuria, es enviado a estudiar agricultura a la Universidad de Missouri. El objetivo de su padre es sencillo: que el chico aprenda técnicas nuevas y que, a la vuelta, se haga cargo de la granja. Pero en esas clases donde se sabe un intruso descubre la literatura, y de qué manera puede cambiar su vida. A partir de ahí, su fracaso matrimonial, su no del todo feliz peripecia profesional, su fidelidad a la institución, su búsqueda constante de una esquiva paz interior. Pero, sobre todo, una manera de hablar, de contar, que han merecido el elogio unánime de la crítica.

el baile_ nemeroskyInstalados en un lujoso piso de París, los Kampf poseen todo lo que el dinero puede comprar, excepto lo más difícil: el reconocimiento de la alta sociedad francesa. Así pues, con el propósito de obtener el codiciado premio, preparan un gran baile para doscientos invitados, un magno acontecimiento social que para el señor y la señora Kampf supondrá, respectivamente, una excelente inversión y la soñada apoteosis mundana. Pero en casa de los Kampf no todos comparten el mismo entusiasmo. Herida en su orgullo por la prohibición materna de asistir al ágape, Antoinette, de catorce años, observa con amargura los agitados preparativos del baile y siente que ha llegado la ocasión de enfrentarse a su madre, afirmarse a sí misma y realizar su propia entrada en la edad adulta. Con un breve gesto, tan impulsivo como espontáneo, provoca una situación absurda que culminará en un final dramático y revelador.

el maestro juan martinezDespués de triunfar en los cabarets de media Europa, el bailarín flamenco Juan Martínez, y su compañera, Sole, fueron sorprendidos en Rusia por los acontecimientos revolucionarios de febrero de 1917. Sin poder salir del país, en San Petersburgo, Moscú y Kiev sufrieron los rigores provocados por la Revolución de Octubre y la sangrienta guerra civil que le siguió.
El gran periodista sevillano Manuel Chaves Nogales conoció a Martínez en París y asombrado por las peripecias que éste le contó, decidió recogerlas en un libro. El maestro Juan Martínez que estaba allí conserva la intensidad, riqueza y humanidad que debía tener el relato que tanto fascinó a Chaves. Se trata, en realidad, de una novela que relata los avatares a los que se ven sometidos sus protagonistas y cómo se las ingeniaron para sobrevivir. Por sus páginas desfilan artistas de la farándula, pródigos duques rusos, espías alemanes, chequistas asesinos y especuladores de distinta calaña

Taller de escritura: La promesa de Diana

puertaLos compañeros de trabajo comparten con nosotros muchas horas de vida; a veces más que nuestras propias familias. Muchas veces esas relaciones no trascienden más allá de lo profesional o de lo superficial y en otras tantas acaban siendo relaciones importantes y a veces definitivas en nuestras vidas.
El relato de hoy nos presenta la historia de un día de confidencias entre dos compañeros de trabajo de vidas dispares y de cómo entre ellos acaba surgiendo la sombra velada de una promesa que quizá solo es tal en los labios y la intención del que promete.
Disfrutad de este nuevo relato de los alumnos de nuestro taller de escritura creativa.

La promesa de Diana

La mañana es soleada y agradable, Mario entra a la inmobiliaria donde trabaja, con una sonrisa radiante y dice con voz alegre.

–¡Por fin un día bueno! hasta me apeteció venir caminando, sólo para sentir la calidez del sol sobre la cara.

Diana, su compañera de trabajo, le contesta desde su escritorio con ánimo contagiado.

–Pues mira, si sigue el día calentando, tomaremos el café en una terraza.

El escritorio de Diana está decorado con dibujos infantiles, fotos de sus hijos y su marido, Pedro, que es abogado en un importante bufete en la ciudad. Las conversaciones de su compañera suelen giran en torno a su familia.

Mientras lee la correspondencia, Mario escucha a Diana comentar.

–Fíjate el polvo acumulado que hay, si ahora voy a tener que hacer, también, la limpieza. Esto es el colmo. Que Lila venga un par de horas a la semana no alcanza, la ropa se me pone perdida de esta manera.

El enojo de Diana está justificado. Pero qué hacer, no había otra opción.

Desinflado de su alegría, Mario le contesta.

–Es lo que hay Diana, si sólo se tarda unos minutos en sacar el polvo del escritorio, no te amargues por ello.

La inmobiliaria tiene una reconocida trayectoria de muchos años, pero ahora, con la crisis, las ventas se habían parado y se despidió parte del personal. Quedan solamente ellos dos. Trabajan más y ganan menos, sus funciones antes específicas, son ahora, todo el abanico.

Son pasadas las doce y el jefe no ha llegado, suelen ir a tomar el café, mientras éste se queda un rato en su despacho. Una hora más tarde, suena el teléfono y el jefe les noticia que esa mañana no va a ir a la inmobiliaria. Su voz suena fría y distante. Cuándo cuelga el teléfono, Diana le dice a Mario:

–Mira lo que te digo. Son más de la una, cerramos y nos vamos a tomar algo y que le den, haber avisado antes e íbamos de a uno.

Diana lo dice con seriedad, mientras coge sus cosas y exige a Mario que haga lo mismo.

–Tienes razón, que los cuarenta minutos del almuerzo es, lo que nos falta hasta la hora de cerrar, de todas maneras no va a entrar ¡nadie! y estoy deseando comer algo, vamos, te invito.

Entran en el bar de la esquina. Diana le susurra.

–Ven Mario, vamos a sentarnos en aquella mesa, no quiero estar en la barra.

Mario la ayuda a quitarse el abrigo, que coloca delicadamente junto al suyo en un perchero al lado de la mesa en la que se sientan. El perfume que desprende Diana, lo enerva por un instante.

Su compañera es varios años mayor que él, pero esa mujer tiene algo que lo atrae, más que cualquiera de las chicas que conoce.

Ese día hay en los gestos de Diana un algo distinto, diferente, que no podía determinar y sin querer parecer descortés, le pregunta:

–Te pasa algo.

No contesta. Pero su mirada le confirma su intuición.

El camarero se acerca y deciden qué comer. Mario tiene hambre. Diana dice que sólo lo acompañará con una ensalada. Está inapetente.

–Ración de rabas, patatas bravas, ensalada mixta sin cebolla, vino blanco de Rueda y agua del tiempo.

Mientras Mario hace el pedido, Diana va hasta el servicio, y regresa tan seria como se fue. Se sienta y sin mirarlo le dice.

–Estoy pasando por los peores momentos de mi vida.

Lo dice de golpe y así le cae a Mario, que apenas puede articular palabra. Diana no espera repuesta y sigue hablando.

–Hace dos semanas, pedí cita en la oficina de Pedro. Le di a la secretaría otro nombre. Quería darle una sorpresa. Estoy cansada de este trabajo e intuyo que no tardarán en cerrar la inmobiliaria. Algo escuchó Pedro en una reunión y me lo comentó. No quise alarmarte. Por eso no te lo dije. Quería pedirle el puesto de secretaría del estudio. No lo quería hablar en casa con los chicos y el cansancio del día. Trabajar con él, sería una manera de estar juntos más tiempo. Los niños y sus necesidades nos dejan, en las pocas horas que les dedicamos después del trabajo, agotados, ya no charlamos ni salimos a tomar algo con los amigos. Toda nuestra pasión, se está convertido en una rutina insípida de los sábados.

Mario se queda pensando en “no quise alarmarte”, él necesita ese trabajo, la reciente independencia de sus padres tiene su coste y paga una hipoteca. Tiembla y trata de disimular su angustia.

La voz de Diana va y viene, mezclada a sus cavilaciones.

–Esa mañana estaba muy nerviosa, pensé que una tila antes de hablar con Pedro me haría bien. Entré al bar. El que está al lado de su oficina y me senté buscando un rincón. Ya sabes mi manía. No me gusta la barra.

Mario aleja sus pensamientos sobre su trabajo. Le interesa lo que le cuenta, la estima, es un sentimiento algo confuso el que siente por ella, pero nunca se lo quiso confesar. El camarero fue dejando sobre la mesa el pedido.

–Vamos, come y sigue contándome, que se enfrían las rabas.

Y sirve vino en las copas. Diana apura la copa de vino y su semblante de inmediato toma color. Come dos rabas y apenas toca la ensalada y le dice que quiere seguir hablando. No tiene apetito.

Mario, ansioso come con ganas como si con esta acción pudiera calmarse, vuelve a llenar las copas. Le dice solícito:

–Te escucho, me has intrigado.

— Entró con una joven de tu edad, empujándola por la cintura hasta la barra, a mí no me veía, estaba casi de espalda a mi mesa, pero yo a él lo podía observar y por sus gestos, hasta saber lo que sentía y decía. Siguió acariciándola y ella de vez en cuando le daba besos que él devolvía con placer. Se fueron al rato. Quedé pegada a la silla, sin poder moverme.

Mario pierde el apetito de golpe y se queda mirándola, no sabe bien qué decir y se lo expresa. Le toma las manos que se pierden dentro de las suyas y con ternura le dice:

–A lo mejor sólo es un flirteo sin importancia, tu marido está en esa edad que deja de ser joven y a los hombres nos es difícil aceptar la verdad y tenemos que demostrar que todavía podemos ser viriles y seductores, que una jovencita se fije en él, supongo que lo hará sentirse bien; y que es un idiota, no te lo voy a negar. Eres tan especial que sólo un necio no lo apreciaría y se arriesgaría a perderte.

Diana lo mira con lágrimas en los ojos y siente que quiere mecerse dentro de esas cálidas y fuertes manos, para saberse protegida.

Con voz entrecortada le dice.

–No sé lo que voy a hacer. No le he recriminado, ni le he dicho nada. Sabe que estoy enojada porque estoy durmiendo en la habitación de invitados. Actúa como un inocente ofendido que desconoce lo que hizo. Necesito tiempo para reflexionar.

Mario la mira, hace tres años que trabajan juntos. Cuando terminó la carrera su padre lo recomendó para ese puesto en la oficina y trata de hacerlo lo mejor que puede.

Se podía decir que lo tenía todo. ¿Todo?

Es divertido, atractivo, luce su auto, su apartamento, padres que lo miman, tiene amigos, sale con mujeres que nunca le dejan ganas de volver a verlas y espera encontrar aquella que lo sepa retener y complementar.

Cada día que regresa a su trabajo, lo hace a gusto, le agrada que Diana esté allí, lo hace sentir bien. Charlan. Comparten los cafés. La exaltación ante una previsible venta con la comisión engordando el sueldo.

Tienes que distraerte y superar esto. Mira, no conoces mi apartamento nuevo, ni como lo decoré, ni que preparo una paella de asombro. Te voy a invitar y si quieres venir con los niños, encantado. Todo se arreglará. Ya verás, te lo prometo

Diana lo mira sin asombro, baja la cabeza y se hace un profundo silencio, luego, sonríe con tristeza de lejana ilusión.

–Gracias Mario, eres un buen compañero, tu invitación es un halago. Dame tiempo. Yo también me siento a gusto contigo. Sólo te he contado esto a ti, y me siento mucho mejor, uno de estos días aceptaré tu invitación.

La última frase la termina mirando a los ojos de Mario. No sabe si él habrá logrado descifrar en sus palabras que el día que acepte su invitación dejará a los niños en casa.

Autora: Crisitna Laguía

Los clubes de lectura recomiendan (7)

En la semana más fiestera del año os recomendamos otras tres lecturas más. El relato de la trayectoria de una familia, pudiera ser de la autora, aunque ésta hace hincapié en que esto no es una autobiografía; una novela negra ambientada en la ciudad de las tres religiones de Oriente Medio, Jerusalem y la historia de una casa que es, al mismo tiempo, la historia de una mujer, de una vida. Felices lecturas.

todo-lo-que-una-tarde-murio-con-las-bicicletas-187x300Una treintañera regresa a casa de sus padres desorientada: no tiene pareja ni hijos y a pesar de haber llevado una brillante carrera profesional, de repente se ha quedado en el paro. Universitaria, inteligente y trabajadora, jamás se hubiera imaginado que a su edad se encontraría en esta situación. Indagar en la historia familiar puede ser una manera de preguntarse qué era exactamente lo que la vida le había prometido. Sin embargo, la memoria le revelará mucho más, porque al contemplar sus recuerdos no como refugio ni como huida, ni siquiera como tentación estética, terminarán aflorando los ecos íntimos, los gestos de amor y las pequeñas heridas de una familia cualquiera, es decir, la verdad desnuda de la vida.

 9788498418583_L38_04_lEl cadáver de una joven con la cara destrozada es encontrado en el desván de una casa situada en la carretera de Belén, en el barrio de Baqah de Jerusalén. El superintendente Michael Ohayon acaba de comprarse una nueva casa en ese barrio y, cuando se dirige a verla, es reclamado en el lugar del crimen. Allí le esperan un amor del pasado y un romance que nunca llegó a terminarse. Como en sus libros anteriores, Batya Gur presenta una investigación criminal compleja y cautivadora, que nos adentra en un mundo cerrado y con leyes propias. En este caso la acción transcurre en un barrio de Jerusalén en donde se condensa la realidad israelí en miniatura, una realidad cuyos resquicios Gur dibuja de forma prodigiosa al huir de ideas preconcebidas. A lo largo de la investigación, Michael Ohayon nos irá descubriendo poco a poco todo lo que se oculta tras la realidad más evidente.

villadiamanteDos hermanas, Irene y Ana Elisa, se asoman a un destino cruel que llevará sus vidas por sendas paralelas en medio de un país asolado por diferentes dictaduras, pero próspero e ingenuo. Al comienzo de los años cuarenta, Ana Elisa sueña con perdurar en el tiempo a través de una casa que la haga eterna. Deberá convencer a un arquitecto del otro lado del océano para convertirla en símbolo de un amor empeñado en subsistir a pesar de la vileza y del miedo. Entre todos los grandiosos y humanos personajes de esta crónica dramática, se erige Villa Diamante, el monumento misterioso e impenetrable; el símbolo de una vida. Boris Izaguirre se consagra con esta novela como un excepcional narrador, capaz de recrear con un estilo deslumbrante toda una época.