Club del Cómic

Escribimos estas líneas para, una vez más, desde la biblioteca agradecer vuestra participación en el club de lectura. Habéis hecho posible que cumplamos ya cinco añitos.

    Lo cierto es que resulta un auténtico placer compartir con vosotros estas lecturas; en ocasiones obras ya conocidas, pero que parecen rejuvenecer al compartirlas con gente que las descubre, que nos transmite su sorpresa al encontrar por primera vez la fuerza de un contador de historias como Oesterheld y la expresividad del trazo de Breccia, en una obra maestra como Mort Cinder.

    Con Moebius o Bilal, que quizás no hayan envejecido tan bien,  parece que hemos retrocedido en el tiempo, que volvemos a la psicodelia y al compromiso de los años 80.

    Ha sido divertido volver a entrar en el mundo de Calvin y su tigre o disfrutar de las aventuras del teniente Blueberry.

    Magníficos descubrimientos (hablo por mí) han sido Rebétiko de Prudhomme y los Apuntes de Gipi. Y por supuesto El  azul es un color cálido, yo creo que todos nos hemos emocionado con los amores azules de Clementine, algunos incluso nos hemos enamorado de Adele.

     Tenemos que agradecer vuestras sugerencias que son las que, atendiendo a las posibilidades de adquisición, han configurado la programación de este año.

    El año que viene intentaremos que haya nuevas adquisiciones y si no buscaremos otras fórmulas, pero estamos dispuestos a continuar y a seguir tomando vinos con vosotros. También tendremos que entrar de vez en cuando en el blog, ya que es una herramienta que hemos descuidado, (Cruz y Luis Alberto eran los únicos que incluían comentarios).

    Nos seguimos viendo en la biblioteca.

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Club Pucelee: El pabellón n.º6 y otros relatos, de Anton Chéjov

El pabellón n.º6 y otros relatosEl Pabellón N° 6 es no sólo el prodigioso relato que describe la amistad que van anudando un joven paranoico recluido en un manicomio y el director del establecimiento, quien termina siendo acusado de demente e internado en la misma sala que su paciente, sino también una fábula acerca de la situación de frustración e impotencia de los intelectuales rusos a finales del siglo XIX. Completan el volumen otros tres relatos magistrales del autor ruso: ‘El hombre enfundado, ‘La grosella’ y ‘Del amor’, además de un extenso prólogo de Maxim Gorki. Otras obras de Antón Chéjov en Alianza Editorial: ‘El violín de Rothschild y otros relatos’, ‘Las tres hermanas. El huerto de los cerezos’, ‘Ivánov. La gaviota. Tío Ványa’, ‘Un drama de caza’, ‘La señora del perrito y otros cuentos’ y ‘Mi vida’. Texto Alianza Editorial.

Anton Pavlovich Chejov (Rusia  1860, Alemania 1904). Su padre, un comerciante de profundas creencias religiosas, era hijo de un siervo emancipado. Estudió Medicina en Moscú y compaginó su labor como médico con su actividad literaria. En 1901 se casa con Olga Leonardovna Knipper, una actriz que había actuado en muchas de sus obras.

Los inicios de su obra literaria están marcados por el humor. Está considerado un maestro del relato corto. En su obra narrativa y dramática utiliza la técnica “acción indirecta’’ para reflejar el fracaso espiritual de sus personajes. Fue, asimismo, un renovador de la escena, con sus obras psicológicas y polifónicas que buscan ahondar en el interior de unos seres que viven lastrados por su pasado e insatisfechos con su presente, solos entre la multitud que los rodea.

En sus relatos el mundo de los grandes novelistas rusos se ha reducido, dejando paso a la descripción de las clases sociales más desfavorecidas

Sus obras de teatro:

  • Sobre el daño que hace el tabaco
  • Ivanov
  • La pedida de mano
  • La gaviota
  • Tío Vania
  • Las tres hermanas
  • El jardín de los cerezos

Y sus relatos:

  • Los campesinos
  • La cerilla sueca
  • El pabellón número seis
  • La señora del perro
  • La corista
  • La grosella
  • El violín de Rotschild
  • Del amor
  • El hombre  enfundado

Taller de escritura: Con la misma lluvia

lluvia_torrencial-1280x800Son quizá nuestras vidas hilos que se entrelazan constantemente y de forma caprichosa con las vidas de los demás, conocidos o desconocidos, formando lazos y denominadores comunes de los que a veces no somos conscientes.
En nuestra historia de hoy los personajes se entrelazan bajo la misma lluvia, formando una historia sencilla y sorprendente hasta el final.

Con la misma lluvia

El jueves a las 8:55 Dorotea se hallaba sentada en la silla grande de paja frente a la ventana de la salita de estar. La lluvia que comenzaba a caer había llamado su atención obligándola a dejar de prestársela a la colcha de ganchillo que elaboraba desde hacía unos meses con precisión y paciencia. El médico, además de recetarle un montón de pastillas, le había recomendado estar activa y mantener la cabeza ocupada, además la labor la ayudaba a desterrar la negrura que últimamente se había instalado en su cabeza.
Dorotea observaba las fachadas de los edificios que conformaban la manzana, tres grandes paredes repletas de ventanas y balcones se asomaban a un gran patio abierto por uno de los lados. La lluvia arreciaba y su rostro empezó a contraerse como un papel estrujado entre las manos. Algunas caras empezaron a vislumbrarse a través de los cristales de las casas. Una mujer salió a un balcón situado en el segundo piso del lado corto de la manzana y miraba al fondo de la calle mientras se mojaba. A Dorotea le pareció que aquella mujer estaba atemorizada, quizás le asustaría la tormenta, igual que a ella, y querría enfrentarse a la misma a cuerpo abierto, como había que hacer con los miedos absurdos que poco a poco van bloqueando la vida. Dorotea trazó mentalmente una línea desde los ojos de la mujer hacía donde le parecía que dirigía su mirada y se topó con un hombre que acababa de doblar la esquina y caminaba rápidamente, vestía una gabardina de color gris, bajo la cual ocultaba algo, y un gorro de media ala que tapaba parte de su rostro, Dorotea se revolvió en su asiento a la vez que el hombre desaparecía en el portal que estaba justo debajo de la miedosa mujer. Cuando su atención volvió hacia el balcón, ella ya no estaba. La lluvia seguía cayendo y una quietud sospechosa invadía la manzana de viviendas ahora cerradas y la mayoría a oscuras, los truenos se sucedían y los relámpagos iluminaban cielo y tierra como si una cámara gigante de potentísimo flash los fotografiara. Dorotea, con la vista fija en aquel balcón, ahora vacío, creyó ver a través del ventanal abierto, al hombre de gabardina y sombrero abalanzándose contra la mujer.
La luz eléctrica se esfumó en un cerrar de ojos, dejando dueña a la oscuridad. La labor cayó a los pies de Dorotea y su cabeza comenzó a dar vueltas.

A las 8:52 Sara estudiaba frente a la ventana del piso de la planta baja en el que vivía junto a su madre. Tenía bien aprendida la materia de la que se tenía que examinar el lunes siguiente y se había preparado para salir a hacer un poco de ejercicio, pero los nubarrones que se apoderaron del cielo como si de una invasión se tratase, la hicieron desistir, y decidió dar una nueva oportunidad al estudio. Comenzó a llover, le encantaban los días de lluvia, el tintineo leve de las gotas de agua chocando contra el suelo o su gorgoteo cuando morían en un charco, pero aún más le gustaban las tormentas y aunque el agua, de momento, caía finamente, el viento que soplaba con fuerza y el cielo que se retorcía, prometían una fiesta. Abrió la ventana, el olor a limpio y mojado del aire la refrescaba por dentro y la colmaba de alegría, se asomó, giró la cabeza y cerró los ojos mientras la lluvia resbalaba por su rostro, cuando los abrió vio a una mujer en un balcón que también se mojaba. Le dio la impresión de que estaba gozando, igual que ella, mientras las gotas cubrían sus mejillas.
Sara decidió que ya se había remojado suficientemente y fue a buscar una toalla. Mientras se secaba, miraba con satisfacción la calle que permaneció desierta hasta que un joven apareció en el extremo de la misma; casi sin darse cuenta, el hombre llegó a la altura de su ventana y giró levemente la cabeza. Los ojillos de Sara brillaron y le siguieron hasta que se introdujo en el portal del número 16, en el mismo momento en el que la mujer que estaba en el balcón bajo la lluvia, desaparecía. Sara permaneció curiosa pegada a las ventanas del balcón que había atravesado la mujer, y que el viento abría y cerraba, y entrevió dos sombras que se fundían. Se fue la luz. Sara sonrió pícaramente y, en esa intimidad absoluta, se dedicó a jugar pensando en aquel extraño.

Dorotea sudaba enfermizamente cuando se entreoyó el silbato del tren de las 9 y cuarto diluido entre los ruidos de la tormenta. El corazón le latía tan fuerte y tan deprisa que le parecía que en lugar de un músculo tuviera bajo el pecho un animal enjaulado luchando para huir del fuego. Salió de la casa y agarrada a la barandilla y, lo más rápidamente que pudo, bajo a tientas las escaleras hasta el piso de abajo donde vivía la estudiante de medicina que con tanto cariño la trataba.

Sara oyó como llamaban imperiosamente a la puerta y, con fastidio, dejó de solazarse para abrir, no sin antes golpearse en la espinilla con la esquina del aparador del pasillo que, con luz o sin ella, siempre acababa atizándola en alguna parte del cuerpo. Llegó cojeando y maldiciendo hasta la puerta; cuando abrió allí estaba Dorotea, la vecina de arriba, en pleno ataque de nervios, disparando por su boca un torrente de palabras de las que solo podía entender: asesinato, mujer, balcón, y sombrero. Sara intentaba tener paciencia, pero no soportaba a aquella mujer. Creyó que, definitivamente, se había vuelto loca. Por su cabeza se pasó la idea de tirarla por la ventana, pero teniendo en cuenta que estaban en la planta baja y que el esfuerzo que supondría iba a tener escasos resultados, cambió de opinión y la invitó a pasar y a tranquilizarse. Se acercaron a la ventana y Dorotea comenzó a explicar con pelos y señales lo que había visto. Sara miraba perpleja el balcón del 2º piso del nº 16
El doctor miró su reloj a las 8:54 de la tarde justo después de colgar el teléfono; cogió su maletín y salió rápidamente para atender una emergencia que había surgido lo bastante cerca de su casa, como para pensar que no merecía la pena coger el coche. En los días de lluvia, aunque fuera un calabobos como aquel, el tráfico era espeso y, además, en esa zona el aparcamiento era casi una lotería. Un trueno estalló y el agua empezó a caer como si nunca lo hubiera hecho, pero no podía parar para protegerse, el caso parecía realmente grave, así que cubrió el maletín con la gabardina y corrió. Poco antes de llegar a su destino, tuvo que desacelerar el ritmo, le empezaba a faltar el resuello y se trataba de salvar una vida, no de perder dos. Llamó entonces su atención una ventana abierta, pintada con flores y detrás de ella un rostro curioso que observaba. Se sintió con más vigor, aceleró el paso y subió lo más deprisa que pudo las escaleras del portal, pero ni el ánimo ni las prisas sirvieron de nada, pues solo pudo ofrecer un abrazo a la desconsolada mujer que empapada, lloraba y tiritaba mientras las luces de la ciudad se apagaban, de repente, igual que lo había hecho, en ese instante, la vida del hombre al que creía que amaba.

Autor: MRR

Club Marcapáginas: El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi

El almanaque de mi padreYouichii es un reputado diseñador de Tokio que recibe la noticia de la muerte de su padre al que hace años que no ve. La mala nueva no parece afectarle demasiado, debido a la distante relación con su progenitor. Sólo gracias al empuje de su esposa decide regresar a su pueblo natal. En el funeral conocerá como era en realidad su padre y lo equivocada de su percepción sobre él, forjada en la juventud y a base de malas experiencias familiares.
Jiro Taniguchi (Tottori, Japón, 1947). Trabajó como asistente de mangaka hasta 1972, cuando debutó con Kareta Heya. De 1976 a 1979, publica, con el guionista Natsuo Sekigawa, Ciudad sin defensa, El viento del oeste es blanco y Lindo 3. Luego se vuelca en los tres volúmenes que comprende La época de Soseki. A partir de 1991, firma sus álbunes en solitario, entre los que destacan El caminante, El perro blanco, Barrio lejano y la trilogía El almanaque de mi padre.
A lo largo de su carrera ha sido galardonado con distintos premios, entre ellos el de la Asociación Japonesa de Dibujantes (1993); el Segundo Gran Premio Cultural Osamu Tezuka (1998) por “La época de Botchan”; al mejor guión en el Festival Internacional de Cómics de Angoulême (2003) por “Barrio lejano” por el que también obtuvo el premio a la mejor obra en el Salón del Cómic de Barcelona (2004).

Taller de escritura: Carta abierta

accionpoc3a9ticaLas palabras de amor de Raúl a Berta llegan en una carta escondida en un libro. Queda a nuestra imaginación y nuestro deseo el final feliz o no de esa historia. En cualquier caso, que disfrutéis de estas palabras.

 

Carta abierta

Querida Berta:

Te extrañarás al encontrar esta carta entre tu libro. Ya me imagino tu cara, cuando con tu habitual despiste abras el volumen y encuentres una misiva entre sus páginas, te parecerá una broma o algo del siglo pasado. Pienso que tal vez no sea el sitio más apropiado para depositarla, o que tal vez debería ser más arriesgado y confesártelo en persona, pero quiero expresarme de este modo, necesito transmitirte mis sentimientos a través de la escritura. Me palpita el corazón tan rápido, el temblor de mi mano se vuelve tan intenso con el pensamiento de que mañana estarás leyendo estas breves líneas, que dudo si interrumpir la iniciativa. Y es que la sola idea de que mis palabras lleguen a estar entre tus dedos me produce tal turbación, que pierdo el dominio de mí mismo, y mi cuerpo se troca en un desmañado muñeco.
Han sido muchas las veces que he intentado acercarme a ti e iniciar una conversación. Resultaría fácil aproximarme y preguntarte, por ejemplo, si has logrado la última recomendación bibliográfica del profesor de Historia Contemporánea, sí, esa por la que se está peleando media clase, y que gracias al chivatazo del bibliotecario, sabemos que la tiene Margarita, que ha arrasado con todos los ejemplares disponibles. Sí, ese sería un buen modo de comenzar a hablar contigo, de retener unos instantes tu mirada y abandonarme en la dulzura melosa de tus ojos, y provocar esa risa explosiva tuya, que tanto me gusta, con algún chascarrillo. Pero no, no he querido ser uno más de ese cortejo que te custodia a diario, cuando acaban las clases, o en el bar de la facultad, en la estación del bus, en los pasillos, en la biblioteca, y es que yo Berta…yo quiero ser algo más para ti. Un imposible ¿cierto?, ya lo sé, me lo repito a mí mismo cada minuto, cada hora, cada día, pero tu nombre aflora en mi pensamiento y no puedo aparcarlo, y después brota un susurro, es casi un lamento, y pronuncio tu nombre: “Ber-ta, Ber-ta”, y me quedo así, tumbado en mi cama, mirando al techo, como si me hubiera muerto de la manera más dulce posible, pensando en ti. Sí, no te asustes, no estoy pensando en el suicidio, sólo que opino que esa es la mejor manera de morir. Soñar tu rostro es mi mayor aspiración cuando me voy a dormir, por eso trato de pilotar mis sueños hacia ello. En ocasiones, mi madre entra y me descubre deshojado sobre la cama, yacente, en posición mortuoria, y se asusta y me grita “¡Raúl!, ¡Raúl!” Tengo que contestarle mal para quedarme solo contigo y lo zanjo con un “¡Déjame en paz!, que estoy meditando”. Así que ahora, en mi familia, se burlan de mí denominándome “el meditador”, pero no me importa, porque el mejor momento del día es cuando pienso en ti.
Recuerdo el primer día de clase, hiciste una entrada intempestiva cuando ya llevábamos algunos minutos. Te sentaste en un puesto vacío de la primera fila, con tu mochila caqui, tu bolso en bandolera, y tu carpeta apretada contra el pecho. Aún no me explico lo que me atrajo de ti, bueno sí, pero me da un poco de embarazo confesarlo, los hombres no solemos fijarnos en este tipo de detalles… fue tu olor. Olías a mandarina húmeda, a pomelo salpicado de rocío, a fruta fresca, a primavera exultante, a azahar recién cortado, y las oscilantes vaharadas provenientes de ti se me fueron incrustando adentro, casi sin darme cuenta, y luego ya fue tarde, porque comencé a necesitar ese aroma para respirar. Y buscaba espacios próximos, para percibir ese perfume y deleitarme con él. Pero no tengas miedo, mi querida amiga, no soy el Jean-Baptiste Grenouille del siglo XXI. Ningún olor ha tenido sobre mí el efecto que ha tenido el tuyo. Dicen los expertos que se trata de afinidad, de una explosión química que se origina en el cerebro tras la detección de feromonas similares. De todos modos da igual lo que sea, el caso es que es, que está ahí, y poco importa si es física o si es química.
A veces, en la cafetería me siento en una mesa próxima a tu grupo, finjo leer, pasar apuntes a limpio, pero en realidad te estoy escuchando y a veces me percato de mi deslumbramiento. El otro día hablabais del referéndum, y comprobé como te enfadaste con Samuel, que defendía tener en cuenta los intereses generales del país y votar a favor. Tu discurso vehemente en contra de nuestra entrada en la OTAN lo aniquiló de un plumazo, logró el aplauso mayoritario del grupo, y el muy idiota te miró resentido, ¡se lo tiene merecido! Tú no tienes rival cuando hablas, cuando defiendes tus argumentos, lo haces con tanta brillantez, con tal seducción que te metes a la gente en el bolsillo. Tienes algo que muy pocos poseen y es la capacidad de cautivar con las palabras, sí, no te rías, yo soy muy observador y tienes un discurso impactante. Ya me lo reconocerás algún día, y ¡ojala! que puedas decírmelo personalmente y no pensarlo, porque eso significará que esta carta ha servido para algo.
En ocasiones, me siento ridículo y no puedo evitarlo, caigo en una especie de embobamiento por algo tuyo que me tiene en un estado de alucinación durante días. La semana pasada fueron tus rizos, me quedé embelesado mirando cómo caían, indómitos sobre tus ojos, mientras tratabas una y otra vez de sujetarlos. Deseé alargar unos dedos invisibles y retenerlos sin que nadie se percatarse, ni siquiera tú, y disfrutar de su suavidad, de la finura de su tacto, y admirar cómo la luz tamiza tu pelo.
Otras veces, el arrobamiento me lo producen tus ojos, alegres y cautivadores. Su color me recuerda las tonalidades del otoño, a veces ámbar, a veces marrones. Brillantes como la estrella centelleante del mar que sirve de guía a los náufragos. Hay momentos que yo me siento así, perdido entre una bruma de inseguridades, entre la desesperanza de un futuro que no acierto a vislumbrar. ¡Ay Berta! Que tiempos más difíciles nos han tocado vivir. Se apodera de mí un sentimiento oscuro, que ennegrece lo que me rodea, y todo empieza a darme igual. Pero entonces tu risa sale al rescate, gorgotea en mis oídos y lo cambia todo, como un viento fresco que abriera puertas y cerrojos y que desterrase los miedos y las cancelas, y sólo existiesen praderas o mares infinitos.
Ya no puedo continuar, se me agarrotan los dedos de tanto escribir y los ojos comienzan a rebelarse, casi no veo. He de dejarte Berta, mañana dejaré esta carta a tu alcance, y esperaré ansioso un principio, o simplemente… una carta abierta.

Autor: Anónimo