Taller de escritura: El oficio de creer en escribir, y de crear escribiendo

 En teoría no es difícil enseñar a escribir. Para ello existen una serie de canales, de métodos y de herramientas, como son el léxico, la ortografía, la sintaxis, la gramática, o el uso adecuado de los verbos y sus tiempos. Pero resulta cada vez más complicado conseguir que se escriba bien, y más en estos tiempos que vuelan más que corren, en los que a la juventud le cuesta adquirir el hábito de la lectura, y además la mayoría de los seres humanos nos hemos convertido en víctimas de engendros casi tan imprescindibles como perniciosos como son los teléfonos móviles o las tabletas, que han creado un lenguaje particular y abreviado que atenta impunemente contra el uso correcto de nuestro rico y versátil idioma, y que amenazan con imponer un nuevo lenguaje con sus códigos y sus normas, tan antiestéticos como necesarios para muchos que no estamos acostumbrados a recibir mensajes atiborrados de simbolitos y de palabras amputadas, que le duelen, sólo con intentar descifrarlas a cualquiera que considere como poco menos que un tesoro legendario el uso de la lengua que hicieron grande Cervantes, Quevedo, Pérez Galdós, Machado y tantos otros.

Sin embargo si al termino escribir le añadimos un concepto tan abstracto como el de crear, entonces la cosa se complica, probablemente porque para un artista, no existen otras reglas que las que él mismo se impone. Sin embargo, cada vez con más frecuencia, como si se tratara de ponerle diques o esclusas a los mares, se inauguran escuelas para enseñar a escribir creativamente a futuros escritores, como si esas escuelas fueran viveros milagrosos de talentos ocultos, que sólo necesitan cuatro nociones básicas y el apoyo de un editor iluminado para convertirse en líderes de las listas de libros más vendidos.

Vivimos en un país en el que se edita casi más de lo que se lee; y en el que, de seguir así, corremos el riesgo de contar en un futuro no demasiado lejano con más escritores que lectores; tal vez porque escribir resulta, sin ir más lejos, más asequible que aprender música o que rodar una película, y son muchos los que conservan en el baúl de la imaginación una historia o unas memorias o una colección de anécdotas que pretenden sacar algún día a la luz de una publicación.

A pesar de todo lo manifestado previamente, la Biblioteca Pública de Valladolid ha decidido iniciar este curso un Taller de Escritura Creativa, que se suma a los instaurados anteriormente y que abordan otras disciplinas culturales. Este Taller ha nacido con la clara expectativa de abrir una puerta a esas personas que albergan inclinaciones literarias, que antes de iniciar el curso no sabían distinguir entre la buena redacción y la mala literatura. Pero el que abajo rubricara este compendio de palabras mejor o peor hilvanadas está más que convencido de que no se puede llegar a ser cirujano o arquitecto o astronauta, si no se cree en esa vocación y no se estudia para conseguirla. Incluso un crío que aspira a convertirse en estrella del fútbol no se cansa de ver las ruletas de Zidane o las cabriolas de Messi o los regates inverosímiles de nuestro mítico Andrés Iniesta. De igual manera, es muy difícil, por no decir imposible, escribir muy bien, si uno no cree en su capacidad creativa y no ha leído esas grandes obras que a todos los usuarios de la pluma nos han servido antes o después de referencia inevitable. Pero además, igual que un atleta debe esforzarse al máximo y entrenar duro cada día para limar en unas milésimas de segundo sus anteriores registros, un escritor debe escribir más y más, y experimentar, y jugar con los planteamientos, los argumentos, los desenlaces, los personajes y los escenarios, y por mucho que le duela, debe desestimar muchas cuartillas para escribir mejor cada día. Un escritor famoso, de cuyo nombre no quiero acordarme, dijo una vez que a escribir se aprende escribiendo y que a escribir bien se aprende escribiendo mucho.

Y en esos dos pilares fundamentales, el de la buena lectura y la escritura valiente y experimental hemos basado las sesiones de este primer intento de una veintena de personas que han decidido emprender la carrera de convertir su capacidad de redactar y de plasmar ideas o argumentos en una manifestación artística, en la que pueden recibir una pausas, unos consejos, unas recomendaciones, pero que finalmente dependerá exclusivamente de su propia e individual capacidad de reflexión, de su ingenio y de su trabajo en silenciosa soledad.

El primer día, después de las protocolarias presentaciones de rigor, uno de los miembros confesó que se conformaría con llegar a redactar cinco líneas seguidas cuando llegara la conclusión del Taller. A la siguiente sesión llegó con un cuento de cinco páginas bajo el brazo, y debo añadir que su argumento y su planteamiento eran más que estimables. Sólo con eso, el profesor o monitor o asesor o como quieran bautizarle, debería sentirse satisfecho. Pero a esta anécdota se une la realidad de que uno ha coincidido con un grupo estupendo, entusiasta y exigente, que le ha obligado a preparar con celo cada tema, a revisar con pasión los textos que luego le iban remitiendo por correo electrónico, y sobre todo ha alcanzado la certeza de que todos han seguido como niños buenos y aplicados sus consejos. Por eso han disfrutado con sus tareas y han aprendido a amar cada día más este oficio de escribir, que tanto tiene de compromiso con uno mismo y con los lectores, como de generosa renuncia, ya que para que una obra florezca, el jardinero que la siembra de palabras tiene que renunciar a muchas horas de asueto, de vida familiar, de relaciones amistosas, y de otros entretenimientos acaso más lúdicos.

Pero ese es el tributo primero que un aspirante a escritor debe pagar. Luego, a los pocos privilegiados, que lleguen a publicar, les acuciarán otros. Los miembros de este Taller aún no han llegado tan lejos, pero sí que han experimentado la soledad, el esfuerzo, la constancia, la disciplina, y la desesperación cuando las musas de la inspiración se mostraban remisas. Y por eso se merecen un premio. Y el mejor reconocimiento que un escritor puede recibir es que su obra sea leída, pues sólo así se cierra un círculo que implica también a los lectores en la tarea creativa, para que ésta sea plena.

Por eso, a partir de ahora, paulatinamente y como recompensa a su esfuerzo, colgaremos en el blog de la Biblioteca algunos textos, para que estén al alcance de cualquiera que quiera convertirse en cómplice o crítico de estos aspirantes a escritores, que saben a lo que se arriesgan, por muy dotados que estén de grandes dosis de ilusión y, en bastantes casos, de no poco talento. Los miembros del taller han leído a lo largo de estos meses relatos, poemas y novelas imprescindibles; y han vencido los fantasmas de la incertidumbre y del miedo creando cuentos, microrrelatos, ejercicios de diálogo, descripciones, reseñas periodísticas, valoraciones críticas, ensayos basados en teorías inverosímiles… Los más valientes prefieren que se les atribuya la autoría de sus obras, otros han decidido refugiarse tras el parapeto de un pseudónimo, y algunos, sencillamente, han optado por lo que de confortable y olvidadizo tiene ocultarse en el anonimato.

Queden pues publicadas, a partir de ahora, algunas muestras de la creatividad de nuestros aprendices de escritores. Júzguenlos con la imparcialidad (pero también con la benevolencia) que se merecen. Y no se olviden de sus nombres (o de sus pseudónimos), tal vez muy pronto algunos de ellos les suenen, cuando rebusquen entre la hojarasca de un libro compartido o recorran con la mirada los lomos de los volúmenes que maduran en los estantes de una biblioteca pública.

José Ignacio García

Escritor

Premio Miguel Delibes de Narrativa 2009

Profesor del Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca Pública de Valladolid

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Un pensamiento en “Taller de escritura: El oficio de creer en escribir, y de crear escribiendo

  1. Mi querido Ignacio, mi “profe.” ha sido un placer escribir los relatos tomada de tu mano como si fuera una niña en su primer año de colegio. Y espero que este curso vuelva a repetirse. Porque no sólo basta con tener imaginación para jugar a crear personajes, también hay que saber hacerlos hablar literalmente.

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